Un… disco.

Venga, va, que voy a crear una sección. Se va a llamar “Un…” y servirá para mostrar lo que para mi son ejemplares únicos en su especie, cosas de esas que, como se dice, te llevarías a una isla desierta ( o a un partido de fútbol). Prometo ser absolutista, aunque eso no quita que más de una vez ponga varios ejemplos por categoría. Porque esto es lo bueno de crear algo, puedes hacerlo como te dé la gana.

Hoy, un disco: Kind of Blue.

Hace ya algo más de un año que empecé a tontear con el Jazz , un genero musical que hasta aquel entonces no me decía ni fu ni fa y por el que ahora siento algo que no sé si será amor, pero seguro  que es algo más que simple sexo. Y gran parte de la culpa la tiene este disco.

Un día estaba yo leyendo a Murakami y me entraron ganas de escuchar algo de Jazz. El tipo llevaba ya dándome el –convincente- coñazo con el tema durante varios libros y me dije, -“Habrá que probar esto”. Así que entré en Google y tecleé: “El mejor disco de Jazz”. La unanimidad fue absoluta. A comprarme Kind of Blue.

Normalmente hago las cosas con algo más de criterio que el que me proporciona el guguel, pero que quieres que te diga, no tenía ni idea del tema y por algún sitio había que empezar. Y la verdad es que Internet no pudo haber tomado por mí una decisión de manera más acertada.

El adjetivo “obra maestra” se queda corto al intentar definir esta grabación musical que se marcó el maestro Miles Davis junto con otros aficionadillos a la música como John Coltrane, Paul Chambers, Julian Adderley, Jimmy Cobb o Bill Evans. De verdad que se queda corto, y más sabiendo que esta gente lo que hizo fue prácticamente improvisar. Según se dice, el Sr. Davis pidió al resto de los músicos que no ensayaran y se supone que estos apenas conocían los temas muy por encima. Soberbio.

No quiero ni pensar las veces que habré escuchado este disco a lo largo del último año, y eso que solo lo he hecho en casa, es decir, nunca lo he escuchado ni en el ipod ni en el coche ni esas cosas. Y si te soy sincero, cada día me gusta más, cada día lo encuentro más congruente. Da la sensación incluso de que trasciende lo meramente musical, como si encerrado en él hubiese una verdad suprema, una especie de código Fibonacci, una GUT. Algo realmente grande de lo que ni siquiera eran conscientes el grupo de músicos que parieron a la criatura, algo divino (de la muerte).

Onanismo mental, quizás, pero de todas formas me reitero.

Saborearlo concienzudamente. Tenerlo sonando de fondo. Quedarse dormido escuchando este disco y despertarte con sus acordes es una experiencia sublime (que quieres que te diga, me gusta ponerle banda sonora a mis siestas).

En fin, simple y llanamente, ostia x ostia, la Reostia.

Word is bone, muthafucka!.

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~ por suntoryman en octubre 29, 2010.

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